Si un olor tiene la capacidad de alterar el sentido del humor o la percepción de una comida, puede también persuadir a una persona a que compre lo que huele.

El marketing olfativo considera que el; sentido olfativo es el más importante porque está directamente ligado a la memoria y sentimientos.
Un aroma dispara nuestra memoria, la memoria influye en nuestras emociones, nuestras emociones nos provocan un estado de ánimo, y ese estado de ánimo dicta nuestra reacción. "Nosotros unimos la memoria, la emoción, el producto y la marca", señalan desde Aromarketing.

Las singularidades culturales ejercen, de todas maneras, una influencia decisiva a la hora de formular un producto que seduzca al olfato. Los únicos aromas que no tienen fronteras son los relacionados con la naturaleza, tal vez una fruta o una flor. "Seguramente el aroma a café o pan que nos gusta en España no será el mismo que gusta en Estados Unidos", reflexiona Ianinni y describe los aromas que cotizan alto en las Pymes locales: chicle, uva, melón y vainilla... fragancias en busca de un cliente fiel y duradero.


Un stand de cremas de productos de aseo personal que huele a hierbas y flores, una zapatería para mujeres con fragancias dulces, una tienda de bocadillos que sabe a pan recién horneado. Los acondicionadores de aromas pueden amenizar un punto de venta y hacer más prolongada la visita del cliente eventual. El esfuerzo tiene su recompensa: una tienda con aroma vende un 33% más que una que no lo tiene, garantizan sus promotores.


Importantes firmas ya han incorporado los acondicionadores de fragancias. Son los casos de Lexus, Macys, Nordstrom, Sony, Disney, Hilton, Sheraton, Hard Rock Café, Ritz Carlton, Marriot, Coca Cola, Kraft, Nestlé, Pepsi, Procter & Gamble, etc.


Fte. Consumer.es


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